Autor: HUGO ALCAYAGA BRISSO
Severamente castigado por sus propios errores, por su debilidad para enfrentar las presiones que recibe de todas partes y sobre todo por la malintencionada oposición de la derecha pinochetista que le niega la sal y el agua porque ha sido el primero en décadas en reivindicar el nombre del líder socialista Salvador Allende, el gobierno del presidente Gabriel Boric ha iniciado su último año en La Moneda (filtraciones incluidas).
Los resultados no han sido buenos para el pueblo que con desazón está viendo cómo la agenda de anuncios y promesas que se formularon ha sido desmantelada, para satisfacción de los sectores conservadores que se acostumbraron a una sociedad sin cambios – tal como la quería la dictadura – en que el poder del dinero y las desigualdades se imponen sin contrapeso.
El hecho de que calamidades públicas como la inflación, el desempleo y la delincuencia sean lo único que aumenta a diario a vista y paciencia de todos marca este tiempo de incertidumbres ciudadanas en que sobresalen las múltiples tareas que van quedando pendientes y ya con escasas o nulas posibilidades de concretarlas.
No se acrecienta en la misma medida la voluntad para cambiar la Constitución militar promulgada bajo terrorismo de Estado, para reducir los elevados niveles de desigualdad y concentración económica de una minoría ni por terminar de una vez con las AFP y las Isapres, maquinas tragamonedas que son una emblemática expresión del pinochetismo que oscurece la vida de los chilenos.
Contrariamente a lo que se anunciaba el neoliberalismo no fue enterrado en el patio de los naranjos en La Moneda, el mercado ocupa el lugar que pertenece al Estado y el endeudamiento con la banca y el comercio agobian a tres de cuatro familias, mientras los derechos esenciales de la ciudadanía se encuentran secuestrados por superiores intereses mercantiles.
De acuerdo al modelo que se aplica desde la dictadura, el poder del dinero toma todas las decisiones en el momento que considera oportuno. Tiene la certeza de que no va a ser molestado por nadie porque la idea del impuesto a los superricos se diluyó tempranamente antes de aplicarse, tampoco va a haber una reforma tributaria a fondo y en el oficialismo la distribución de la riqueza equitativamente que se requiere solo está en los discursos.
Es la imagen real del Chile de hoy en que el mundo popular aparece decepcionado y no ha tenido motivos para celebrar el reciente tercer aniversario de gobierno. La agenda social gubernamental fue dejada de lado y por ello se desestimaron los anuncios de campaña que anticipaban cambios, transformaciones y refundaciones, noticias necesarias que siguen esperando.
El proyecto transformador quedó empantanado en el lodazal neoliberal. Pareciera que éste no es más que el sexto gobierno de la Concertación: sólo se administra lo ya existente, se avanza en la medida de lo posible, la alegría solo se advierte en quienes poseen mucho dinero y ni pensar en aquello de “crecer con equidad”. No ha habido la osadía de enfrentar a la oligarquía, su sistema de privilegios, sus partidos políticos y sus medios de comunicación a través de los cuales se escucha una sola voz, la de los poderosos.
Esta es una de las causas centrales de que Boric, al inicio de su cuarto año en la jefatura de Estado, no disponga de la popularidad que llegó a tener al momento de ganar las elecciones de 2021. Inexplicablemente el mandatario no convocó ni lideró a los protagonistas del estallido social, millones de hombres y mujeres que salieron a las calles en demanda de igualdad y dignidad. Los que llegaron a La Moneda fueron los mismos partidos de la ex Concertación, ex Nueva Mayoría y hoy socialismo democrático, nombre de fantasía que no alcanza para encubrir los fracasos de 30 años. A estas alturas, sin embargo, son éstos los que se tomaron el gobierno.
El pueblo tiene la certeza de que la Izquierda que eligió en las últimas presidenciales no es la misma que la que hoy está al frente del país. Esta es una administración de tendencia socialdemócrata, en que aquellos que entraron por la ventana han neutralizado y frenado el proceso de cambios que se proyectaba y que había entusiasmado a las mayorías.
Hoy se percibe una ciudadanía cansada de aquello que se conoce como más de lo mismo, que no quiere más escándalos, preocupada de problemas que no se resuelven y desafectada de la casta política. Con frecuencia, ésta es asociada a antivalores como el descrédito y la corrupción, y a una sociedad en que la delincuencia y la inseguridad ganan espacio sin que las causas sean combatidas a fondo.
Mientras el presidente y sus colaboradores bajan las banderas que otrora les dieron una contundente adhesión, la confianza popular en La Moneda disminuye también notoriamente. En contraste, señala la prensa mercurial, el índice de confianza empresarial cruza a terreno optimista por primera vez bajo el gobierno de Boric en los primeros meses de este año.
La reforma previsional que mejora las pensiones de los jubilados no puede ser lo único que la actual administración se apronte a dejar como legado. Más aún si permanecen en pie las AFP, siempre muy bien protegidas por los poderes fácticos que no se cansan de abusar y despojar al pueblo de lo poco y nada que posee. En el oficialismo se destaca también el copago cero en Fonasa y la ley de las 40 horas laborales a la semana, en tanto se reconoce que “ha habido cosas que se pudieron haber hecho mucho mejor”.
Este gobierno tiene aún la posibilidad de rehabilitarse ante el mundo popular si procede a la convocatoria de una Asamblea Constituyente que redacte una nueva Constitución, como llave maestra del cambio que permita contar con la institucionalidad de una república democrática y participativa. Para ello dispone de todo este año, el último en que Boric ejercerá la primera magistratura.
Hugo Alcayaga Brisso
Valparaíso

Comments